Sembrando productividad

Por: 
Luisa Gómez Rodríguez
19 de Noviembre 2012
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Con canastas de plástico, un trozo de cuerda delgada y pasto seco se forman las pacas de heno, vitales para épocas críticas.
Con canastas de plástico, un trozo de cuerda delgada y pasto seco se forman las pacas de heno. Foto: Archivo particular

Campesinos de la vereda ‘El Mortiño’ afianzan las técnicas que adquieren en las Brigadas Tecnológicas, ofrecidas por Fedegán. A pesar del bajo nivel educativo, la experiencia logra ir de la mano con prácticas novedosas y gratuitas.

 

Dejar atrás la capital, el sonido y olor de los escapes de gas, el rugir de los motores, las grandes industrias, carreteras pavimentadas y peajes, es incomparable con el aire puro, la mezcla entre tierra y agua, el bocadillo para las vacas, hecho de melaza, cal viva o apagada, urea, sal mineralizada y salvado, más conocido como bloque multinutricional. Es volver a las raíces. Volver para entender por dónde empieza todo.

 

Después de una noche de fuerte tormenta el sol sale algo tímido. Campesinos de la zona, asisten a la Brigada Tecnológica de Información Ganadera, BGIT, que ofrece Fedegán en convenio con el SENA. Tras aguantar largas jornadas de sol y lluvia, la experiencia y el interés son la base para seguir adelante con la metodología: ‘aprender haciendo’.

 

Volver a clase

El tablero no fue suficiente. En esta clase, las carteleras con recetas fueron parte esencial de la lección del día. La prácticase convierte en elemento esencial para entender cómo se construye una paca de heno, “hoy aprendí que el pasto debe estar seco para que no se dañe, aunque sabía cómo hacerlas”, explica Noel Serna, trabajador de una finca en la vereda ‘El Mortiño’, departamento de Tolima.

 

Una simple canasta de plástico, la misma que usan tenderos para las gaseosas o cervezas, fue suficiente para preparar de manera fácil, rápida y económica el alimento que consumirá el ganado en temporada de sequía o lluvia, “ya nos había tocado trabajar con una máquina en un campo grande. El patrón pagaba para que sembraran pasto, luego eso iba a la picadora, cuando salía lo empacábamos para el gasto de la finca”, sostiene Serna.

 

Ellos, a pesar de su poco estudio, sabían cómo almacenar ‘buena comida’ para el ganado, aunque desconocieran técnicas sencillas y económicas.

 

Aprendieron la importancia realizar nudos en las puntas cerradas que tienen las bolsas negras, aquellas gruesas que resisten golpes y rayones, aquellas que son usadas para hacer silos nutricionales. El aire es el tóxico de este alimento, cerrar bien las bolsas es cuestión de 5 minutos. Mínimo 1 mes y máximo 1 año, sin importar el clima, los silos serán el sustento alimenticio para los animales.

 

Así mismo, tanto ganaderos como ganado saben muy bien cómo identificar si el alimento es apto para el consumo, ''saben perfectamente cuando la comida está buena, es más lo que se demoran en comérsela, que en dejarla ahí, cuando huele feo, ni se le acercan”, mencionaba una de las participantes.

 

Pero cerrar las bolsas es, en definitiva, es una parte fundamental del proceso. “¿Quién más sabe otra forma de sacar el aire de las bolsas?”, preguntaba Diego Arciniegas, extensionista de Fedegán, importante al momento de interactuar con los asistentes. “Siéntesele encima”, decía alguien a lo lejos, finalmente así lo hizo Hernán, quien se arriesgó a proponer una forma diferente.

 

 

 

Tenga en cuenta evitar cualquier forma en la que el aire ingrese a la bolsa, de lo contrario el silo no funcionará.

 

Al tablero

Durante esta lección, el 85% de las personas sabían leer. Noel, a través de su prima, aquella niña de 14 años, logró responder una encuesta de satisfacción, que al parecer, indicaba que todo era de su agrado. Con este programa, el resultado es positivo, a pesar de que su nivel de educación llegue a básica primaria.

 

El 48% de las personas que están vinculadas al sector ganadero, en el país, son analfabetas. Sin embargo, este no es obstáculo para llevar  a cabo  cualquier actividad ganadera. Aunque el tema es recurrente en el país, muy pocas personas con basta experiencia aplican lo que aprenden de otros, por miedo a obtener resultados negativos. A eso se suma el poco valor que tienen los jóvenes por estas zonas rurales, “el campo se está envejeciendo, los jóvenes se van a la ciudad y a muy pocos les interesa este tema, todos se quedan en la capital y no aplican el conocimiento en donde más hace falta”, sostiene Arciniegas.

 

Pero la clase no finalizaba allí. Después de la práctica, la teoría también era importante. El manejo de praderas consistía en multiplicar el ganado y mejorar el proceso de recuperación de pasto, “algunas veces hay una que otra limitante, como el clima, pero es fácil”, decía el extensionista.

 

Uno de los ejemplos que dio a conocer fue dividir una finca de 60 hectáreas, analizar el uso de los pastos y la distribución del ganado, fue esencial para comprender lo que ya entendían: todo depende de una mejor organización y de la continuidad de estas prácticas, que mejoran la producción ganadera.

 

Era volver a las clases. Era comprender cómo a través de un ‘círculo virtuoso’ con el poco ganado que había y el estiércol, que sirve como abono para el pasto, se mejoraba la productividad en cuestión meses. La clave: a través de la rotación de praderas se mejora la nutrición de los animales, se disminuyen las pérdidas por las fuertes y contantes pisadas y ayuda a que la interacción de microrganismos, como los escarabajos que se encargan de hundir el estiércol, interactúen más con la biodiversidad. De esa forma se asegura la rotación del ganado y se mantiene el control sanitario sin necesidad de invertir en especialistas.

 

En Colombia, cerca del 48% de las personas, pertenecientes al sector ganadero, son analfabetas.

 

Muchas gracias, esperamos que esta práctica les haya servido”, enfatizó Diego. El salón se llenó de amabilidad, cordialidad y respeto por aquel que venía de otro lugar a enseñar y seguir aprendiendo, y aquellos que con sus habilidades, aprendieron mejores técnicas para desafiar épocas duras.

 

Las sonrisas se escapaban de sus caras. “Gracias”, era lo único que decían, era inimaginable conocer el grado de beneficio que tuvieron con canastas, bolsas y envases reciclados. Sus manos ásperas apretaban con timidez a quienes podrían llamar ‘maestros’ o ‘doctores’.

 

Era hora de dejar atrás las botas, las largas trochas y el jején. Hora de dejar la tranquilidad y seguridad de la que dice gozar Noel. El sol se escondía, los arreboles acompañaban el regreso a la ciudad, poco a poco el sonido de la fuerza de los motores se escuchaba aún más y la bienvenida a la capital era ese frío tradicional con la lluvia amiga, esa que en muchas ocasiones es anhelada cuando la sequía azota a una región.