Vacas felices en campos verdes, ¿suficiente para salvar al planeta?

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Zona Docs
29 de Marzo 2021
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Magdalena Urioste tiene casi 60 años. Habla siete idiomas. Nació en Uruguay pero pasó mucho tiempo fuera del país, 30 años sólo entre Estados Unidos y Tailandia, en donde fundó dos colegios privados de educación inicial.

 

En 2013 decidió volver a Uruguay y entrar nuevamente en contacto con el campo. Su tío había sido productor agropecuario y ella siempre se interesó por la naturaleza. Es esa pasión, que transmite al hablar, es la que hoy aplica todos los días en su finca. (Blog: ¿Por qué hay que apostar por la ganadería ecológica?)

 

Entrar al mundo agropecuario no fue un recorrido sencillo para ella. Al volver a su país, Magdalena tuvo una primera experiencia fallida, con vacas. Un vecino vendió su campo a un consorcio agropecuario de Nueva Zelanda, que incrementó en gran escala la producción y contaminó toda la zona. Entonces decidió irse y compró un terreno en Maldonado, bien alejado de la agricultura extensiva con uso de agroquímicos. Los vecinos la desalentaron. Le decían que el suelo era muy duro para poder tener vida, nada más alejado de la realidad que vemos ahora: un claro –y exitoso– ejemplo de lo que se conoce como “agricultura regenerativa”.

 

¿Qué es la agricultura regenerativa?

 

El cambio radica en simples premisas con un efecto enorme: una cantidad reducida de vacas en praderas, que se puedan mover en manada entre parcela y parcela con una frecuencia determinada para descansar al suelo; baja utilización de insumos externos como fertilizantes y pesticidas; suelos nunca desnudos, siempre cubiertos de pasto o cultivos con una diversidad de plantas que liberan nutrientes y lo vuelven muy productivo; y mínima alteración del suelo, es decir no usar máquinas para arado y labranza, porque erosionan.

 

Y con este modelo de suelo saludable, cada pedazo de tierra tiene más microorganismos que personas habitan sobre el planeta.

 

El entusiasmo es enorme, cada vez hay más productores interesados en este modelo, especialmente en América Latina, pero lograrlo no es sencillo. Sin datos oficiales, se estima que no habrá más de 400 en toda la región. La mayoría exporta sus cortes de carne, o directamente las vacas, a Europa, Estados Unidos y China, con precios difíciles de pagar para un público masivo. (Lea: ¿Para qué pasar a una ganadería sostenible y cómo hacerlo?)

 

Es decir, las carnes que se están produciendo aquí con este modelo más justo y ecológico en general van a parar a mesas de otros países.

 

Cambiar el modelo, cambiar el paradigma

 

En Zimbabwe, uno de esos países africanos de los que poco sabemos, existe un biólogo que lo cambió todo. Allan Savory, hoy con 85 años, nació en un campo ganadero de 16 mil hectáreas y siempre estuvo en contacto con las vacas.

 

Trabajó primero como biólogo investigador y más tarde como productor, especialista en fauna, político y consultor internacional. Savory investigó en profundidad la degradación y desertificación de los ecosistemas de pastizal en el mundo y eso lo llevó a poner en duda que las vacas estuvieran degradando los suelos.

 

Savory se exilió en Estados Unidos en 1979 luego de una guerra civil. Al llegar, visitó varios parques naturales para continuar con su investigación y observó que la desertificación de los suelos también era un gran problema allí, a pesar de que no había casi vacas en los lugares en los que estuvo. Se dio cuenta que no era el ganado el que estaba matando a los suelos, sino la forma en que los manejamos. (Blog: Ventajas e inconvenientes de la producción ecológica)

 

Imitando el patrón de herbívoros que se movían en densas manadas para cuidarse depredadores, Savory creó un proceso llamado manejo holístico que está cambiando el paradigma de la ganadería. Busca revertir procesos de desertificación iniciando un círculo virtuoso: donde aumenta la cobertura vegetal, la biodiversidad, mejoran los ciclos minerales

 

y de agua, y al mismo tiempo se necesita cada vez más animales para acompañar el incremento forrajero. Para Savory, producir carne y cuidar el ambiente no tienen por qué ser antagónicos.

 

Para difundir sus ideales, el excampesino de Zimbawe creó el Savory Institute, una organización global que entrena a productores en las prácticas regenerativas por todo el mundo. Su charla en línea en las famosas TED Talks, realizada en 2014, ya tiene siete millones de vistas. Dice en ese video: “Estamos enfrentando una tormenta perfecta por incremento de población, tierras que se convierten en desierto y cambio climático. La única opción que tenemos es hacer lo impensado, usar ganado agrupado y en movimiento para imitar a la naturaleza. El ganado deja sus heces y orina y deja al suelo listo para su desarrollo. Es la única manera de lidiar con el cambio climático y la desertificación”. Es decir, ganado suelto y bostas por doquier, ahí está la clave.

 

Porque en este tema no se trata sólo de criar o no animales, sino también de conocer el estado de nuestros suelos. Aproximadamente un tercio de la capa superficial del suelo del mundo ya está gravemente degradada, y las Naciones Unidas calculan que llegaremos a una degradación completa dentro de 60 años si continúan las prácticas actuales. (Lea: Conozca el sello de confianza de la ganadería sostenible)

 

Según un informe de la ONU de 2019, la naturaleza está disminuyendo a nivel mundial a un ritmo sin precedentes en la historia de la humanidad, con una aceleración del ritmo de extinción de especies. ¿Alcanza entonces con mantener los recursos del suelo que quedan o deberíamos buscar recuperarlos? A responder esa pregunta entra la agricultura regenerativa.

 

En pocas palabras, es un sistema de principios y prácticas agrícolas que busca rehabilitar y mejorar todo el ecosistema del campo al otorgar una gran importancia a la salud del suelo con atención a la gestión del agua, el uso de fertilizantes y más. Un método de cultivo que intenta mejorar los recursos en lugar de destruirlos o agotarlos. En los lugares donde se aplica este método, los productores dicen que además resulta buen negocio.

 

Que aumenta la rentabilidad por la baja en los costos de insumos y también la productividad, que se refleja por ejemplo en la población máxima de animales a la que el ecosistema le puede dar sustento, o en la ganancia en peso de vacas. Un documental estrenado a finales de septiembre en Netflix, llamado Kiss the Ground, puso el foco sobre la agricultura regenerativa y su potencial, ya no sólo para restaurar los suelos sino también para actuar

 

frente al cambio climático. Recorriendo países y mostrando ejemplos exitosos, la película reúne voces de científicos y agricultores dedicados a regenerar el suelo que pisamos, cultivamos y en el que vivimos. Está disponible a nivel global y ya cuenta con miles de visitas. (Lea: Entender relación entre suelo, animal y hombre es clave en manejo sostenible)

 

Un modelo alternativo

 

El Savory Institute es ya una gran estructura que difunde su metodología por el mundo acreditando “hubs” o nodos en distintos países. En América Latina se encuentran en Argentina (Ovis21), Chile (Efecto Manada), Brasil (Agropecuaria Fleta) y Colombia (Las Carolinas). Sin importar el país, los nodos reportan una demanda cada vez más alta, capacitando a decenas de productores todos los meses.

 

En Argentina, Ovis21 fue fundado en 2003 por Pablo Borelli y Ricardo Fenton. Comenzó su trabajo en la patagonia en el sector ovino,luego se extendió a la ganadería y ha logrado más de 600 mil hectáreas con manejo holístico en las provincias Buenos Aires, Corrientes, Córdoba y Santa Fe. Tienen una escuela para productores donde este año, a pesar de la pandemia y usando herramientas on line, ya capacitaron a 200 personas de diferentes países de América Latina. Vaticinan un boom del modelo regenerativo.

 

Antes los productores estaban de brazos cruzados esperando que nos vaya mal, ahora nos escuchan y nos hacen preguntas. Es otro momento”, dice Juan Pedro Borelli, hijo de Pablo, y parte del equipo de Ovis21. De todos modos, reconoce también las dificultades porque la mayor parte de los campos de Argentina están alquilados y quien lo alquila busca sacar el máximo provecho en el menor tiempo posible, lo que lleva a no priorizar la naturaleza.

 

Además, los productores jóvenes, quienes muchas veces están de acuerdo con el manejo holístico, son vetados por sus padres que llevan décadas produciendo ganado de la misma manera. (Blog: Ganadería ecológica y adaptación al cambio climático)

 

Fernando y Mariano García Llorente, hermanos, son productores que se acercaron a OVIS21. Administran el campo ganadero Santa María del Recuerdo en Saladillo, provincia de Buenos Aires. Un campo que solía ser propiedad de la Compañia de Jesús (Jesuitas) y en 1970 fue vendido a la familia Llorente, por lo cual se lo conoce como “estancia de los curas”.

 

Por muchos años fue un lugar de producción ganadera convencional, hasta el año 2016 cuando llegaron los hermanos García Llorente y todo cambió. Aunque sus padres no tuvieron interés por incorporar prácticas, ellos decidieron hacerlo igualmente. Leyeron los libros de Savory, sin parar. Se capacitaron con OVIS21. Implementaron las prácticas regenerativas y así hoy enlistan sus éxitos: aumentaron productividad, bajaron el uso de insumos y su empresa creció tanto que hoy exporta carne a la Unión Europea.

 

Visitar Santa María del Recuerdo es llegar a un campo como el de Magdalena, en Uruguay.

 

Son 30 hectáreas con 500 vacas que pastan apacibles a la sombra de una plantación de álamos de tres metros de altura que les dan sombra. (Lea: “Ganadería colombiana capturará 4,9 millones de toneladas de carbono en la próxima década”: Lafaurie)

 

Fernando y Mariano opinan que cada vez más productores van a seguir el mismo camino en Argentina, aunque a largo plazo. Porque reciben cotidianamente a compradores europeos, sorprendidos con las prácticas regenerativas y la calidad de la carne, pero no ven el mismo interés en los consumidores argentinos. No ven en el mercado local ni la predisposición ante un nuevo modelo ni la posibilidad de pagar más del doble de lo que hoy pagan por carnes en los supermercados. “Al carnicero se le pide carne buena y barata –dice Fernando–. El consumidor en Argentina no quiere pagar más por la huella ambiental como quizás ocurre en Estados Unidos o Europa. Son atributos difíciles de aplicar al precio de la carne en Argentina”.

 

Con un total de 53.9 millones de vacas, Argentina es el tercer país con mayor stock bovino del mundo, luego de Estados Unidos y Brasil. Son más vacas que personas, en un país con 44 millones de habitantes. Argentina produce tres millones de toneladas de carne vacuna por año y exporta 900 mil , principalmente a China, que representa el 75 % de la demanda. De todas las carnes, la vacuna es la más consumida en Argentina, con un promedio de 60 kilos por persona por año. ¿Llegará el día en que este país sudamericano, famoso por sus carnes, pueda servir y vender bifes que no dañen tanto al planeta, que sean más justos?

 

Interrogantes similares aparecen del otro lado de la Cordillera de los Andes. Allá vive Isidora Molina. Es veterinaria y trabajó muchos años en el Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap). Hasta que un día un compañero de trabajo le compartió una presentación de Powerpoint con los conceptos de manejo holístico. Quedó tan sorprendida que renunció a su sueldo fijo para sumarse al trabajo en el campo con Jose Manuel Cortazar, quien introdujo el manejo regenerativo en Chile. Finalmente, en 2014 decidió empezar su propio emprendimiento y fundó Efecto Manada, que es algo así como una escuela a domicilio porque Isidora visita campos de todo el país para dar asesorías personalizadas, capacita a productores, dicta cursos de evaluación de pastizales, monitoreo ecológico y planificación de la tierra.

 

Isadora vive en el sur de Chile, en la región de Araucanía. No nació allí pero la visitaba cada año, era el lugar de sus vacaciones porque ahí residía su tío, agricultor de pequeña escala. (Lea: El negocio de los eructos: los científicos ‘huelen’ ganancias en las emisiones de las vacas)

 

Luego de renunciar a su puesto en el estado, Isadora se mudó a una casa de esa Araucanía que solía ser de sus padres, y en el jardín realizó sus primeras prácticas de manejo holístico.

 

Hizo trueque con una vecina, a quien pidió prestadas sus ovejas para fertilizar el suelo a cambio de devolverlas gorditas. Fue un proceso de aprendizaje, que finalmente llevó a Efecto Manada, aunque recuerda un inicio difícil, portazos en la cara cada vez que ofrecía sus conocimientos.

 

Yo no voy a dejar que una mujer más joven me venga a decir que hacer”, le dijo hace años un productor. Pero, años después, Isadora sigue viajando por todo el país y capacitando a productores. Ha asesorado a la mitad de los 40 productores que actualmente aplican el modelo en Chile.

 

“Lo que yo aprendí en la universidad y en la industria de la agricultura no me hacía sentido –explica–. Ganas plata, pero lo haces de una forma muy camuflada porque todos los costos son altos: están ocultos los efectos secundarios de la contaminación, de la pérdida de biodiversidad y problemas para la salud humana, tanto para los trabajadores que aplican los fertilizantes como a todos nosotros que además nos comemos ese alimento contaminado. (Lea: Para 2030 se quiere capturar un 51% de los gases efecto invernadero)

 

Tampoco hay emoción en los animales que estás criando, todo es bajo un sistema muy extractivo”. 

 

Fuente: Zona Docs.